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¿Tienes
problemas de sobrepeso o padeces obesidad? ¿Te
gustaría conseguir el peso ideal y mantenerte
en él? Si es así, no eres la única.
Según la Organización Mundial de
la Salud (OMS) más de 1.000 millones de
personas adultas en el mundo tienen exceso de
peso y, de ellas, 300 millones padecen obesidad.
En España el 40% de la población
tiene sobrepeso, cerca del 16% de la población
adulta es obesa y un 13% de los niños también.
Saber que es un problema tan extendido no es un
consuelo, al contrario, muestra la dificultad
que supone evitar el sobrepeso.
Sin duda estamos interesados en alcanzar y mantener
el peso ideal, pues, los beneficios que aporta
a nuestra salud son muchos. No solo mejora nuestro
estado físico, también nos sentimos
mejor emocionalmente y, por supuesto, mejora nuestra
apariencia.

Algo que nos ayudará a alcanzar esa meta
es comprender el funcionamiento de nuestro organismo
en el proceso de alimentarnos. O más bien,
en el proceso de decidir la cantidad de alimento
que necesitamos ingerir para mantenernos vivos.
El mecanismo que controla las sensaciones de hambre
y saciedad es muy complejo, aunque se han realizado
estudios en profundidad para comprender su funcionamiento,
todavía estamos lejos de solucionar el
rompecabezas que supone el sistema neurohormonal
que le indica a nuestro cerebro cuando sentir
hambre o saciedad.
Una cosa si parece clara, la clave para mantener
el peso ideal está en el equilibrio entre
la energía que nuestro organismo gana y
la que gasta. El problema es que el suministro
de la energía necesaria no se produce de
forma automática.
Pongamos un ejemplo para entenderlo:
Si nuestro organismo necesita más oxígeno,
el corazón automáticamente bombea
más rápido para satisfacer esa necesidad,
nosotros no tenemos que hacer nada al respecto;
pero si necesita más energía, se
la tenemos que suministrar ingiriendo alimentos.
¿Qué ocurre si en ese momento no
tenemos nada para alimentarnos? Igual que necesitamos
el oxígeno constantemente, nuestro cuerpo
necesita energía constantemente. ¿De
dónde la obtiene? Principalmente, de la
energía almacenada en forma de grasa. ¿Cómo
determina la cantidad de grasa que debe almacenar?
Ese es el problema.
Para poder tomar una decisión, el sistema
neurohormonal, dispone de una red de sensores
que envía información a un centro
situado en el hipotálamo. Sensores situados
en el estómago informan cuando este está
lleno o vacío; otros sensores transmiten
información sobre el nivel de grasa en
la sangre; otros, sobre el nivel de azúcar;
hay sensores en los intestinos, etc. Nuestro cerebro
también guarda información sobre
el tiempo que pasa entre una comida y la siguiente,
y la cantidad de energía consumida en ese
período.
Después de procesar toda esa información,
el cerebro, determina la cantidad de alimento
que necesita, y el acopio de grasa necesaria para
hacer frente a cualquier eventualidad.
Para complicar el asunto, ademas del mecanismo
del hambre, está el mecanismo del apetito.
Llamamos apetito al “deseo” de ingerir
alimentos, mientras que el hambre responde a la
“necesidad” de alimentarnos. Normalmente
cuando tenemos hambre tenemos apetito, pero no
siempre que tenemos apetito es por necesidad.
Hemos dicho que nuestro organismo no absorbe energía
de forma automática, como ocurre con el
oxígeno. Se la tenemos que suministrar
de forma voluntaria. Por eso, nuestro cerebro,
estimula el deseo de ingerir alimentos. ¿Cómo
lo hace?
Principalmente mediante el sentido del gusto,
los productos que podemos comer tienen buen gusto,
y los más energéticos, los dulces
y los más grasos, son los que nos resultan
más apetitosos.
También intervienen el sentido del olfato
y la vista. Cuando comemos algo que nos gusta,
se liberan unos neurotransmisores que activan
zonas del cerebro relacionadas con el placer,
y nuestro cerebro relaciona el placer con el olor,
el gusto y el aspecto, de aquél alimento.
La próxima vez que veamos o sintamos el
olor de aquél alimento, nuestro cerebro,
liberará los neurotransmisores aún
antes de que lo probemos, despertando así
nuestro apetito.
Como vemos todo parece enfocado a incentivar la
ingesta de alimentos para hacer frente a la demanda
de energía, y aunque también se
produce la sensación de saciedad, no parece
que se le de tanta atención. Esto se debe
a que, nuestro cuerpo, está extraordinariamente
dotado para realizar esfuerzos que consumen mucha
energía, por lo que, todo el sistema está
optimizado para hacer frente a esa demanda; pero
no está preparado para un sistema de vida
que no exige demasiado gasto de energía.
Parecería que el mecanismo hubiera sido
diseñado pensando en que, conseguir el
alimento necesario para vivir, requeriría
esfuerzo físico. No estamos hechos para
el estilo de vida que esta sociedad robotizada
nos quiere imponer.
Si queremos evitar los problemas del sobrepeso
y la obesidad, y conseguir y mantener el peso
ideal; deberemos llevar un estilo de vida acorde
con el funcionamiento del mecanismo del hambre
y apetito.
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